Por las montañas de Sapa

Hay varias formas de explorar esta zona del norte de Vietnam. Puedes contratar un tour con un guía que te lleva a hacer un trekking  de uno o dos días por los pueblos de la zona y comer y dormir si hace falta en una casa típica del lugar con una familia. Puedes darte un paseo por tu cuenta, siendo el pueblo más cercano Cat Cat. O puedes hacer lo que hicimos nosotros. Nos fuimos al mercado y acordamos un precio con una mujer de la etnia Hmong para que nos enseñara la zona y nos llevara a comer a su casa con su familia. Nuestra anfitriona fue Chú.

Chú tiene 32 años, un marido y 5 hijos; el mayor de 14 años y la más chiquitina de 2 años. Vive a 4 horas caminando del centro del pueblo de Sapa y casi todos los días hace ese recorrido para vender bolsos, pañuelos, pulseras… y si hay suerte, para llevarse a su casa a un par de turistas despistados que quieren curiosear en su forma de vida, en su modo de subsistencia, en su tipo de crianza…

Cuando fijamos el precio, Chú con una agilidad sorprendente con la que demuestra que se mueve en su terreno, recorre los puestos del mercado comprando huevos, plátanos, tofu, pastelitos, pan con chocolate… acordando precios, oliendo hierbas… Un espectáculo.

Nosotros, que todavía no estábamos acostumbrados a la manera en que la gente se mueve en las aglomeraciones, dejábamos pasar a todo el mundo quedándonos rezagados mientras Chú nos apremiaba con la mirada sin entender por qué no caminábamos. En Sapa descubrimos que si quieres ir de A a B, no tienes más que ir. No importa que haya mucha gente. Apartas a quien haga falta, con la mano, con el codo, con el culo… y listo. Nadie se va a enfadar. Eso sí, siempre con una sonrisa, que no estás en tu casa.

Y llega el momento de empezar a caminar en serio. Éire en la Manduca a la espalda y sus padres, requetepreparados como buenos occidentales que somos. Botas de monte, pantalones impermeables, polainas, camisetas térmicas… Chú, con traje típico de su etnia y chanclas nos mira con una media sonrisa.

Habla muy poco inglés y como nosotros no somos precisamente Hemingway, la cosa parecía que se iba a complicar. Pero no. Al final, por señas, con sonrisas y con una mente abierta, puedes aprender un montón.

La caminata no fue fácil: barro, piedras, ramas, riachuelos y pendientes pronunciadas.

Por el camino y a pesar de la niebla que había, pudimos ver las típicas plantaciones escalonadas de arroz. No estábamos todavía en tiempo de recogida, así que ese verde que se ve en muchas fotos de las guías no lo pudimos disfrutar. No importa.

Pasamos por pequeñas aldeas y los niños nos miraban un tanto sorprendidos. ¿O somos nosotros quienes les miramos con sorpresa? Unos nos saludan, otros caminan a nuestro lado, nos sonríen… Las madres de familia señalan a Éire y nos muestran cómo ellas también llevan a sus hijos a la espalda. Complicidad entre familias sin necesidad de intercambiar una sola palabra.

Y por fin llegamos a la casa de Chú. Su familia nos espera desde hace horas. La casa tiene una especie de porche desde el que se ven las montañas y en el que nos sentamos a jugar con los niños. Este fue el momento más emocionante. El momento en el que Éire entró en contacto con otro mundo. Y fue entonces cuando nos dimos cuenta de que era otro mundo, pero solo para nosotros, con nuestros prejuicios y nuestros miedos. Ella, con la inocencia y  la espontaneidad de un niño de dos años, solo veía patos, cerdos, gatos y niños. Sin etiquetas.

Esta parte de la visita os la contamos en otro post.

Feliz día.

4 Comentarios

ESCRIBE UN COMENTARIO